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El origen de ésta raza milenaria se ubica
en la zona del desierto del Nedjed en Arabia, hace miles de
años. Allí se conservó como raza pura, a través de los siglos
por la sabia y aguda observación de los pueblos nómades, que
habitaban la Península Arábiga. Ellos fueron de los primeros en
aplicar un concepto de cría y selección sobre la base de
pedigríes, familias y líneas de sangre buscando que sus caballos
fueran puros de origen y de la resistencia y velocidad necesaria
para las batallas, pues dependía de eso la vida del jinete.
Los beduinos, que fueron los criadores del
caballo árabe eran fanáticos para preservar la pureza de la
sangre y la yegua se convirtió en la posesión más valiosa del
beduino. Criados desde sus orígenes en climas
áridos, arena y viento, hizo del árabe un caballo sumamente
rústico y adaptable a distintos climas y condiciones.
Ya desde el siglo XVI A. C. aparece en
anillos, en pilares y en diferentes monumentos la figura del
caballo árabe. En los jeroglíficos egipcios se proclama el valor
y belleza. En el antiguo testamento se hace referencia al coraje
y valentía de estos animales. 900 años A. C., El Rey Salomón
elogia la belleza de los caballos árabes tirando los carruajes
de los faraones. En los años 490 A. C. el famoso jinete griego
Xinophon proclama al caballo árabe como un animal noble que
exhibe toda su belleza algo tan encantador y maravilloso que
fascina a jóvenes y viejos.
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